CHAO

23 abr

Helena se despertó aquella mañana feliz y tranquila, lo primero que vieron sus ojos fue el desorden de la habitación, pero eso no le importó, le bastó con sentir a su lado al jovencito que creía amar sin medida, para olvidar de inmediato todo lo que le era posible olvidar. Cerca a la cama, había una ventana grande con un pequeño balcón, y aunque la vista no era más que otro edificio y un pedazo de cielo, Helena la encontraba particularmente encantadora.  Estaban en el séptimo piso de un viejo edificio en Harlem, uno de esos que normalmente está invadido por afro-americanos con quienes casi siempre compartían el ascensor.

Ya era hora de salir a la calle, había mucho por hacer y ese día aún quedaba algo de tiempo. La nieve se acumulaba en los andenes, pero el cielo estaba resplandeciente y Helena notaba como los rayos del sol llegaban directamente a los ojos de Joaquín. Andaban de la mano por las calles, y ella se sentía libre, más sincera que nunca. Aquel día iba sin maquillaje, con su pelo negro al viento, con sus pecas y su sonrisa. Sus senos también iban libres, bajo una camiseta marcada con un ‘I love New York’ que Joaquín le había regalado el día anterior, y que le sugirió llevar así porque lo encontraba sexy.

Helena, la chica suramericana, ajena a ese mundo que calificaba como estúpido, con shows de televisión y tarjetas de crédito, se negaba a tener en su closet ropa con letreros gringos, pero para entonces, había obviado lo que no se tenía permitido. Entre sus planes no existía la menor intención de poner los píes en el norte de América, pero sin darse cuenta, su corazón empezó a aceptar eso y muchas cosas más.

Después de una conversación rápida con un hombre, Joaquín recibió las llaves de una camioneta, a la cual subieron juntos para regresar al departamento con prisa. Apenas unas cuadras fueron suficientes para que Helena soñara con desviar el camino y conducir sin dirección alguna a ese lugar cualquiera donde ella quería ir sólo con él. Pero la voz del muchachito la trajo de regreso, la dejó  frente al edificio y le pidió que esperara un rato mientras él buscaba un lugar para estacionar el auto. Al subir a la habitación, las maletas, las cajas y el orden, pronosticaban que algo cambiaría para siempre y, por primera vez, en aquel espacio, ella empezó a ser consciente de la realidad.

Bajó con cuidado la guitarra y la ropa de Joaquín y, con eso, terminaron de acomodar todo en la camioneta. Regresaron juntos a la habitación para cepillarse los dientes antes de partir y, aunque el tiempo les reclamaba, fueron necios y la atracción de sus cuerpos los unió una vez más. Hicieron el amor como las personas hacen cualquier cosa que aman cuando saben que será la última vez, sospechando que ya no habría otra oportunidad.

Al subir a la camioneta el sol empezaba a caer entre las nubes, y un ruido extraño en el estómago de Joaquín les recordó que no habían comido en todo el día. Pero ya ni eso importaba, lo único cierto era que ahora quedaba muy poco tiempo. En medio del tráfico de Manhattan, atravesaron la isla hasta el puente de Brooklyn, y allí asistieron al encuentro con un atardecer inolvidable. Por una razón él empezó a tomar fotografías y le pidió a Helena que hiciera lo mismo: fotos de la autopista desde la panorámica del auto, de las calles, del atardecer, de los dos cada vez que el semáforo o el tráfico los detenía; y hasta un video para que aquel tiempo juntos quedara congelado en imágenes esa tarde de invierno.

Desde que se conocieron sabían cuándo todo terminaría. En el aeropuerto, un avión esperaba por Helena para llevarla a la nueva vida que eligió en el otro lado del mundo, y Joaquín, quién también se mudaba el mismo día, se quedaría en New York sólo, como quiso estar desde algún momento de su vida.

Un letrero sobre la autopista anunciaba que estaban cerca al aeropuerto JFK, ya andaba la noche y la despedida no tardó mucho; ambos sabían que era mejor así. Un abrazo, un beso y unas palabras anunciaron la soledad inmensa que los consumió tras la despedida. Helena se alejaba, pero su mirada entre lágrimas continuaba buscando el rostro del muchachito, que de a poco se iba confundiendo entre los demás, sospechando que sin remedio se perdería para siempre.

En el aeropuerto toda la gente se dirigía decidida hacía algún destino, Helena no sabía realmente hacía donde ir. Como pudo, ubicó el mostrador de Singapur Airlines, donde debía hacer el chek-in con rapidez ya que tenía una hora de retraso. Al llegar no había gente. Los pasajeros ya estaban en la sala de espera. Sentía que su cabeza iba a explotar, un poco por el hambre, un poco por la tristeza. Sin ganas de decir una palabra, balbuceo algunas frases en inglés con el trabajador de la aerolínea. Era un joven ecuatoriano, que, de inmediato, se dirigió a ella en español. La interrogó debido a sus lágrimas, pero ella no pudo más que pasarse las manos por la cara y simular una sonrisa. Luego le pidió el pasaporte y al abrirlo, Helena encontró una foto de Joaquín con una nota detrás, que le hizo saltar el corazón. Aún más confundida, continuó con el protocolo y tras una serie de complicaciones, por fin pudo sentarse a esperar para abordar el avión.

Desde el cielo, observaba a través de sus ojos húmedos y pequeños esa isla llena de lucecitas donde hacía apenas unos minutos había dejado a su primer amor. Llevaba en sus manos la fotografía de Joaquín, y cada vez que la miraba, se perdía con nostalgia en su sonrisa. Realmente quería saltar al vació y caer en esa selva de cemento para luchar por vivir en carne y hueso todas las ilusiones que habitaban en su interior. Pero no hubo más opción que cerrar la ventana, cerrar sus ojos y cerrar su corazón.

Chao Helena. Chao Joaquín.

La Pipa de la Paz

8 abr

La marihuana fue para mí, desde la primera inhalación, una experiencia incomparable, nunca se acercó a los episodios de psicosis que narraban los más liberales de mi grupo (que, por supuesto, jamás la habían probado), eran un cúmulo de sensaciones que exaltaban los sentidos, algo diferente, sin duda, que se sentía bien.

En los primeros semestres de universidad, todos salíamos a un lote baldío y, como en un ritual, nos sentábamos, armábamos y el porro y comenzaba la fumata de humo amargo que se mezclaba con pequeños pedazos de hierba adheridos por accidente en la lengua. La experiencia era gratificante: con el sabor amargo y la boca seca, los ojos se cerraban paulatinamente hasta que los párpados apenas permitían el ejercicio visual para avisar la llegada de los policías, y la sensación de paz amenizaba la interacción del grupo; así, comenzaban las largas charlas en torno a la clase y a la vida, a lo que esperábamos de los demás y lo que no esperábamos de nosotros mismos, eran conversaciones intensas en las que no aparecían elefantes, duendes, ni tampoco se podía viajar entre las nubes. Era solo hierba, el cigarro para ausentarse de los ‘ruidos’ que afectaban la divina concentración que requiere un buen diálogo, era una herramienta eficaz para pasar un buen rato.

Con el tiempo, la vida en torno a la hierba era algo normal, se hablaba de la experiencia con los profesores de la universidad, con compañeros de trabajo, con los jefes en la oficina, con las novias, los tíos, etc., la marihuana no era exclusiva de los habitantes de la calle, como lo afirmaban los ‘defensores de la moral’, estaba en todos lados; circulando inadvertida entre las manos de mucha ‘gente bien’ que no delinquía ni enloquecía bajo su efecto. Incluso, en las épocas en que nos tocaba trabajar en Call Centers (como buenos estudiantes pobres), el que más acumulaba ventas en el grupo nos pedía compañía para fumarse el porro después del almuerzo, algo que según él, era el combustible para su efectividad. El consentido de los jefes (que también eran confesos en su condición de marihuaneros esporádicos) era un consumidor constante, un hombre tranquilo que trabajaba y obtenía excelentes resultados.

Así, llegué a mi madurez fumando hierba de vez en cuando, con los mismos de siempre, ganadores de buenos salarios, con buena reputación y, uno que otro, con familia constituida. Por ello, siempre me asalta la inconformidad por la negación de algo que está presente en la cotidianidad de todos: habiendo tantos consumidores, ¿por qué la hierba sigue en la clandestinidad? La respuesta está en Estados Unidos, son ellos los que mantienen viva su prohibición por cuestiones políticas para mantener regímenes carcelarios que son de más fácil ejecución que las complejas políticas socioeconómicas de una sociedad justa; algo que ha llevado a que fumemos todavía con temor, como si estuviéramos cometiendo el peor de los delitos. Pese a la presión ‘imperial’ (en lenguaje mamerto), lo seguimos haciendo, y cada día son menos los que sienten libertad para arrojar juicios en contra de la marihuana valiéndose de su resistencia al consumo.

Si los países del mundo fueran más coherentes con su pragmatismo, seguramente estuviera escribiendo este post con mi pipa sin temor a ser tildado de delincuente y de humano inferior, seguramente existirían charlas más entretenidas en las que nos pudiéramos concentrar y generar consenso; no por nada siempre se alude a los acuerdos con la frase trillada “Fumemos la  Pipa de la Paz”.

Llega el día de la niebla…

25 mar

Por: Fuan

Yo, que no soy ni yo ni nadie; no soy – aún sabiendo que podría ser, pero sin querer –, pues para querer se requiere ser, entonces no se a quien me refiero. Podría – tal vez – ser otro con quien alguna vez tropecé y, en definitiva, no sabría de quién hablo, pues en la universalidad humana para ser hay que estar y no puedo asegurar categóricamente que estoy, por tanto no sé si soy, ni conozco a nadie que no sea.

Sería interesante, un abrazo fugaz y fraternal.

-¡Hola! Soy lo que tú eres, mucho gusto.

-¿Quién eres? Acaso  ¿él? o ¿él? –Señalando descuidadamente la muchedumbre ambulante y descuidada del encuentro aquél.

-Yo no soy, por eso mientes, no puedes afirmar que eres yo. Si acaso no te has dado cuenta, yo no estoy. Tu afirmación está por fuera de lugar, si es que el ‘lugar’ existe.

A continuación, vería yo a mi interlocutor hacerse un examen profundo de su cordura, o de la mía en el mejor de los casos, pues, ¿cómo es posible que se vea y que, ése en quien se ve, se afirme en su negativa de no ser? Ahora, irremediablemente, su cordura –o la mía – importa poco, pues está cuestionando su propia existencia.

-Siento decepcionarte amigo mío (y me burlo internamente de ese posesivo vano y falaz), pero tú podrías ser otro además de mí, ya que no eres, ni soy, y no estamos teniendo este encuentro. Pero si quieres atribuirme una naturaleza (pues eso es algo imperativo para poder salvar tu existencia y, de paso, tu cordura), sería un espejo parlante e imprudente que se deleita en la desilusión, en la impotencia del ser y en la inutilidad de estar.

LA VIDA ESTÁ LLENA DE GOLPES Y CHOCOLATES

13 mar

Mi nombre es Julia Domínguez, tengo 76 años y quiero contarles una historia:

A los cinco años vivía en uno de los tantos barrios miserables de Bogotá, y allí tuve mi primera pelea a mano limpia con Ana, una vecina un poco más grande que yo. Le di un golpe justo en frente de su madre y de mi padre. Mi pequeña mano tuvo en ese momento la fuerza que definió mi vida, un golpe contundente que dejó uno de sus cachetes rojos como un tomate, y que desató de manera instantánea un llanto escandaloso que alertó a los transeúntes. Ana sólo lloró, no tuvo el valor de responderme de la misma manera, y apenas pudo mirarme desconcertada. A mi no me importó nada. Tenía rabia porque ella siempre tenía las mejores golosinas y se paseaba por mi lado provocándome, sin compartir, y también sin importarle.

Era la hija de doña Gloria, la dueña de la tienda con los dulces más sabrosos del barrio, los dulces de mis sueños. Y yo, era la hija del mecánico, la que jugaba con las tuercas y de vez en cuando andaba con manchas de grasa en la cara. Estaba harta por la actitud de Ana, yo también quería chocolates y caramelos, yo quería que ella me convidara, pero era envidiosa y presumida, y por eso yo creía que se estaba volviendo gorda y fea, como balón de caucho.

Aquella mañana nos encontramos muy temprano frente a la tienda, cuando mi papá fue a comprar los huevos para el desayuno. Yo estaba en pijama, con el pelo desordenado y aún medio dormida. Sólo me bastó con ver a la gorda tragadulces para abrir bien mis ojos negros y clavarle la mirada encima. La tenía fichada, le tenía ganas… a esos manjares que siempre le complacía pasarme por en frente.

Mi papá estaba dentro de la tienda conversando con algunos vecinos y yo permanecía sentada sobre la acera, con mis manos sosteniendo mi cara. Veía mis tennis de colores, tenía los cordones sin ajustar y tampoco tenía ganas de hacerlo. Entonces volví a ver a mi contrincante, que estaba parada junto al poste de la luz, bañada y emperifollada con un vestido color rosa con un moño grande en la espalda, parecía un pastel. Su pelo estaba recogido como una cola de caballo y tan estirado que sus ojos no parecían de este lugar.

De repente sacó de su bolsillo una barra de chocolate grande y provocativa. Cuando la destapó, enseguida su olor se apoderó de mi olfato y se comunicó con mi estómago vacío. Halloween está aún muy lejos y mi marrano lo desocupé la semana pasada para comprar un libro de la escuela, pensé. Metí la mano en mi carterita, pero no encontré más que dos hojas de árbol secas y la mitad de un chicle “Motitas” envuelto aún en su empaque original. Me metí el chicle a la boca, pero no fue suficiente.

Sin embargo me quedaba una opción, así que entré a la tienda y con timidez mire a mi papá, y luego le señalé con mi uno de mis diminutivos dedos la vitrina donde estaban todas las barras de chocolate. Entonces sabía lo que pasaría, y acto seguido, pasó. Un NO rotundo retumbó en aquellas cuatro paredes, y mi estómago que había subido casi hasta mi pecho, bajó de inmediato y se acomodó de nuevo en su lugar.

Sin hacer ningún gesto, salí de nuevo a la calle y vi la boca de Ana, con un bigote de chocolate derretido sobre sus labios, mientras daba otro mordisco. Fue en ese momento, cuando por primera vez tuve un sentimiento extraño, que con el tiempo registré en mi diccionario mental como injusticia. A pesar de ello, esa rara sensación me empujó a lanzar otra pregunta: -¿me das un poquito de tu chocolate?, le dije. Y allí, en esa calle de polvo, rodeada por casas de lata y con suerte de ladrillo, volví a escuchar ese miserable NO.

En mis ojos se reflejó la rabia y la tristeza que invadió mi corazón, y quise lanzarme encima de ella, botarla al piso y quitarle el último pedazo de chocolate que le quedaba, salir corriendo y en la soledad de mi casa, disfrutarlo como nunca antes. Pero sólo unos pocos se atreven a hacer realidad todo lo que pasa por su cabeza, así que sólo me atreví a levantar mi mano derecha y con toda la fuerza que a esa corta edad me salió del alma, le dí una cachetada que estoy segura jamás olvidó.

Entonces su llanto me reconfortó, Ana dejó caer la chocolatina al piso y quedó con las manos libres, pero no para responderme como debía, sino para cogerse la cara y dramatizar más su dolor. Yo debí salir corriendo, huir sin rumbo, pero no, me quedé frente a ella mirándola y disfrutando por algunos segundos de su drama, mientras por dentro sonreía satisfecha.

Para mi desgracia el tiempo no se detuvo, y en menos de lo que pensé, mi padre estaba frente a mí, mirándome con rabia y yo no entendía por qué. Me tomó del brazo y me arrastró hasta la puerta de la casa. Por el camino, los huevos se le cayeron de la bolsa y se hicieron tortilla en el suelo. Mejor hubiera gastado ese dinero en dulces, pensé. Pero cuando entré a la casa mi corazón se aceleró, vi las habitaciones más oscuras y las sentí más frías que de costumbre. Sólo allí fui consiente de mi falta y supe que no eso no acabaría allí.

Como pude, escapé y corrí intentando esconderme, pero fue imposible. Se esfumaron las hadas, los ángeles y los dioses, nadie me salvaría y allí no habría milagro. Me metí debajo de las cobijas de mi cama y no tuve más remedio que esperar mi castigo.

¿Qué tenía que aprender yo a los cinco años? Mucha gente dice que son pocos los recuerdos que nos quedan antes de tener “uso de razón”, pero la gente dice cualquier cosa. Por mi parte recuerdo esa mañana gris de mi infancia como si fuera ayer. Otros dicen que no está bien golpear a otras personas, pero todos sabemos que hemos dado algunos golpes y hay quien se los merece.

Yo di un golpe a causa de lo que  consideré una injusticia, y me devolvieron casi diez. Mi papá me enseñó a punta de golpes, que era malo pegarle a la gente. Yo creo que si aprendí, aunque sea un absurdo, pero finalmente la vida está llena de golpes. Por mi parte le di su merecido a la gorda y estoy segura que también aprendió. ¡Que vivan los chocolates del mundo!

Mi nombre es Julia Domínguez, tengo 76 años y por fortuna tengo muchas historias para contar.

@IbethBorbon

Epistemología ancestral, o las palabras y las cosas (sin Foucault)

3 mar

Al taitica Miguel Valencia,

quien me pegó una levantada

 epistemológica y pedagógica

 cuando menos me lo esperaba…

…por mi propio bien, y mejor aún,

por el de mis estudiantes,

(Creo…)

Por: El gato con botas (y ruana).

A decir verdad, de entrada quiero pedir excusas porque, si bien me desempeño en un mundo académico, lo cierto es que –lo confieso sin mayor vergüenza- cada vez me interesa menos lo escrito, incluido el ejercicio de escribir, que amo profundamente, pero que cada vez me parece más estéril si lo que uno escribe son palabras o ideas que considero, están alejadas de la vida cotidiana,  bien porque la relativizan o la esencializan, siempre con la intención de mostrar la verdad verdadera: un ejercicio que además de pretencioso, es imposible.

En este ejercicio, claramente contradictorio, hago uso de la escritura -que insisto, ya no me gusta tanto- porque siento que la gente escribe sobre muchas cosas desde la ficción haciéndola pasar por realidad, en muchos casos, esos discursos están totalmente alejados de la experiencia; este escribir de hoy lo asumo como un acto de resistencia en los mismos términos de quienes eventualmente estimo como opresores desde la palabra, pretensiosos de la semántica, adalides de la necedad, pues al alejarse de la cotidianidad, de praxis que sean correlatos del conocimiento, terminan mintiendo, aún con las mejores intenciones… Salvar el planeta, acabar con las religiones, incluirnos en la sociedad del conocimiento y la innovación, construir el futuro socialista, dejarnos a merced de la benévola mano invisible del mercado, lo que sea.

Así, jugamos con las palabras sin saber de qué hablamos, creamos giros, lugares, anécdotas, hacemos mofa de situaciones que nunca hemos vivido y como ontológica y epistemológicamente creemos, en primer lugar, que el mundo orbita a nuestro alrededor, y en segundo, que las formas de saber científico son la realidad, cualquier atisbo de mirada emergente o divergente respecto a esas, que no son otras que formas hegemónicas del sentir y el saber, respectivamente, nos parece arcaico, de poco vuelo intelectual o simplemente intrascendente.

Hace como dos años me encontraba compartiendo con el taita Miguel Valencia, autoridad tradicional del pueblo Korebajü -a quien estimo profundamente- y otras personas, algunas conocidas, otras no. Lo cierto es que habíamos estado en una ceremonia de Yagé y estaba amaneciendo, cuando al taita se le ocurrió preguntarnos lo que pensábamos acerca de la explotación del petróleo. Varios comenzamos a sentar nuestra posición al respecto, básicamente desde el repertorio político, espiritual o ambiental -o la superposición de todos- que cada cual tenía… Así, se escuchaban frases como: “Es que el petróleo ha convertido este mundo en un corre-corre, una máquina de moler la humanidad”, “Yo no sé si será cierto que es la sangre de la madre tierra”, “…es que imperialismo nos vende la gasolina más cara de la cuenta y nosotros somos productores”… y frases por el estilo.

Después de que el taita Miguel nos escuchó atentamente, me preguntó a mí:

-¿Si yo le meto a usted una aguja para sacarle sangre, qué le pasa?

-Pues nada taitica, me imagino que si es mucha, me comienzo a sentir débil, me da mareo-le dije.

-¿Y si le meto otra aguja? ¿Una más grande?-le preguntó a otra persona.

-¡Pues se desangra!-le respondió la mujer a la que le preguntó.

-Pero un momentico… ¿qué le pasa antes a la persona, antes de morirse?

Sebastián que es paramédico, le dijo:

-Pues taita, lo primero que le pasa a la persona es que siente como un estremecimiento, como  escalofríos, temblores, eventualmente convulsiones, hipotermia y finalmente, se muere.

El taita guardó silencio un momentico, como pensando bien cada palabra que iba a decir, se acomodó mejor sobre el bloque sobre el que estaba sentado, y nos miró a todos:

-¡Esa es la razón por la que es tan peligroso abusar de la Madre Tierra! Eso es la sangre, la sangre mantiene la tierra, la hace fértil si no, no da y de ahí es que viene la comida. Por eso hay que cuidar, porque todo tiene una armonía.

Luego se volvió a mí -en esa época no hablábamos tanto, casi ni nos conocíamos- y me dijo:

-Usted, gordito -no se sabía mi nombre- ¿a qué se dedica?

-A varias cosas, taita, pero para resumirle, investigación social,  trabajo con comunidades, vainas así en desarrollo y comunicación, le dije en mi mejor versión de español indigenizado.

-¿En dónde?-me dijo como interesado.

-En una universidad, taitica-. Inmediatamente se comenzó a reír.

-¿Y usted sabía algo de lo que acabamos de hablar?

-Más o menos, pero no así. Usted nos explico esto de una manera muy clara-le dije.

-¡Lo que nos dieron fue una clase de geopolítica chamánica!- dijo una mujer, a la vez que se reía y nos hacía reír a todos con su ocurrencia.

Entre las risas, emergió de nuevo la voz del taita, diciendo:

-¿Y uno como puede ser profesor sin saber?-cuando le iba a decir que yo tenía algún nivel de competencia en el conocimiento occidental, él esgrimió otra pregunta:

-Profe, de lo que usted habla en las clases, de lo que usted profesa ¿cuánto de eso ha vivido?

Yo me quedé mirándolo, haciendo cuentas de los libros, fotocopias, seminarios, experiencias, vivencias, preguntas y problemas -esquivados y asumidos-, y aun medio pensativo, le dije:

-Como el 80%, taita.

-Entonces sería bueno que dejara de decir el 20% de mentiras -aquí comenzó a reírse de una manera que nos comenzó a contagiar a todos y todas- Ese es el problema de la ciencia occidental: escriben libros y libros de un montón de cosas, pero pocos han vivido lo que escriben o lo que dicen ¡y luego completan los profesores repitiendo lo que se inventaron los otros, repitiendo como loros! ¡Y así embolatan a la gente!

En ese momento, lo que había comenzado como unas cuantas risas, estalló en una carcajada al unísono  de quienes estábamos escuchando al taita Miguel, quien se reía un poco nomás. Cuando yo creía que todos nos habíamos reído suficiente, el taita dijo:

-Aquí hay varios profesores… no sólo usted -dijo como pensativo y mirando a los demás; ahí comenzó una gran risotada, típica del taita Miguel, una forma de reír que a veces da miedo, pero que en general es muy hermosa-

-¡…profesores de qué, si no saben nada! –y luego se corrigió a sí mismo- ¡No sabemos nada!

Las risas continuaron un buen rato, pero entre las miradas que intercambiábamos había un montón de vergüenza por haber sido pillados no en una, sino en varias mentiras: De manera simultánea, creo que continuábamos riendo por sentir el privilegio de haber asistido a una escuela cuyo salón tenía por techo el cielo, y por piso la tierra, por hacer tenido semejante cátedra de epistemología ancestral en manos de un maestro tan raro como sabio, tan serio como gracioso.

A partir de ese día me hice una promesa que hasta ahora intento cumplir…(iba a escribir “cada minuto de mi vida”, pero sería mentira) cada vez que me acuerdo: primero, prudencia, interés y respeto por otras maneras de ver el mundo, independientemente de mi sentir; segundo, dar cuenta de los hechos desde mi perspectiva y experiencia -por lo general mínima-, dejando claro que es producto de mi subjetividad y, tercero, no hablar con propiedad sobre cosas que no he hecho o vivido, pues ello por lo general genera violencias sobre la humanidad, como les llama el taitica Miguel.

Pd. Si hay alguien que quiera decir algo serio sobre las búsquedas espirituales de otros mestizos por el camino de la medicina ancestral, le sugiero que más allá de enunciar tangencialmente “las chumas en La Candelaria” o en cualquier otro lugar, le invito a tener una experiencia teórico-práctica del asunto, a ver que dice después (risa fraternal que fija su mirada en los ojos de quien lee).

El último año de mi vida

23 feb

Cuando vi las profecías mayas en la universidad no me quedó la menor duda de que estos nativos centroamericanos no bromeaban, se habían tomado en serio el cuento de adivinar el futuro, ellos no eran ‘Salomones’ ni ‘Walteres’, ni la santera que prometió quitarle las cataratas a mi papá invocando a San Gregorio. Los mayas hablaban en serio, el mundo está en decadencia, ya es hora de planear lo que será en este pedazo de tiempo que nos disponen las fuerzas oscuras, arrepiéntanse ustedes pecadores porque aquí no hay nada que salvar.

Como va a ser el último año de mi vida, he querido hacer muchas cosas a las que jamás me he atrevido. Quiero decirle a la vecina que no me dan miedo las armas y los escoltas de su señor esposo, que le propongo escaparse uno de estos días para tener una charla más extensa que esos frustrantes saludos en la pizzería que hay en la esquina de su casa, cuando llega agotada de los largos paseos con don “como se llame”, vaya si me atrae mi vecina.

Pero no solo eso, también quiero lanzar mi escupitajo con la primera imagen que venga tras este emotivo ¡fuck you! (Sí, mi mano haciendo una gran pistola), a los señores demócratas, ¿era este el mierdero que profesaban con la libertad, la democracia y el Estado? Pues, me cago en sus doctrinas y celebro la existencia de los mal llamados mamertos que hoy, al lado de San Gregorio,  nos gritan “¡se les dijo!”. Europa y Estados Unidos están en su peor momento, el capitalismo cae lentamente y no hay nada que lo pueda salvar; el nacionalismo, que tan útil había sido para la causa demócrata liberal, hoy se convierte en la piedra en el zapato para los planes de salvamento promovidos por los payasos que lideran las naciones poderosas, me río en sus caras de perdedores Obama, Sarkozy, Merkel y compañía.

Quiero que aclaremos qué es el infierno, que parecía un plano lejano y paulatinamente se fue ubicando más en nuestra realidad y nos recalca con tesón que los demonios han existido desde tiempos inmemoriales, eran los mismos hombres libres griegos, los traidores dictadores romanos, los emperadores de las etnias americanas prehispánicas, los religiosos, los militares que lideraron naciones, los empresarios y banqueros: ellos crearon un mundo infernal donde surgieron todo tipo de aberraciones y conductas psicóticas que se han evidenciado individual y colectivamente, asesinos legitimados por unos y otros han sido el producto de la tiranía; ese ha sido nuestro infierno, ese mismo que arderá en este triste 2012.

Quiero insultar al país que me obligaron a adoptar como patria, monumento al engaño y a la ambigüedad, donde aún votan por dinosaurios de todas las afiliaciones políticas que para nada representan los intereses del pueblo; odio a mi patria y odio el concepto mismo, porque es un invento nocivo que hace que los japoneses se pregunten ¿Qué putas es Colombia? y que los colombiano se pregunten ¿qué putas es Uzbekistán? En esta nación todavía hay quienes consideran la homosexualidad como algo anormal, los mismos que desde los buses miran con deseo a las travestis de las zonas de tolerancia y ruegan a los gays que les regalen un ratico de sexo sin que nadie se entere, aquellos que reclutaron un ejército de “anormales” en las filas de misioneros, presionándolos y humillándolos con argumentos eclesiásticos que lo único que hicieron fue crear pedófilos que tuvieron que negar su condición sexual por culpa de sus familias y de las instituciones religiosas.

Quiero burlarme de las estrategias del presidente Santos que hasta ahora van en palabrería, y también de los uribistas que creen que los extrañamos; del Polo, que proyecta a Robledo como mesías y de los movimientos que encuentran irreconciliable su misma convivencia dentro del partido. No voy a dejar por fuera a los anarquistas que lo son por tendencia, a los nihilistas que intentar llamar la atención, a los religiosos, no importa si son cienciólogos o ultracatólicos, todos están engañados, y, por muy sofisticados que pretendan ser, el hecho de vincularse a una religión ya los ubica en la misma cloaca; a los anticristianos burlones que se chuman cada semana en La Candelaria demostrando que se puede ser más pendejo que los primeros, y a los que no creen en nada y les pesa.

Si los Mayas se equivocan como los libros de Duque Linares, estoy dispuesto a olvidar este discurso, pueden ustedes cagarse en él, de todas maneras no me importará porque seguramente el esposo de mi vecina, que sigue con sus armas a pesar de Petro, me habrá pegado un tiro por andar ligándome a la madre de sus hijos.

Ir viviendo, ir escribiendo

18 ene

Por: Carlos David Contreras C.

Escribir puede ser: forma de diálogo, evasión del abrazo narcisista, extensión por el mundo “ilusorio” hacia otros, regreso a sí mismo, vociferador crítico, un balbucear sobre lo no inteligible, matador de moscas de días largos, arquitecto de días cortos.

Dar respiro mientras esas palabras se cargan.

Una implosión patológica, estallido del loco, escultor de ausencias, filósofo caído de la nube, poeta novato derribado, comediante y contradicción de lo ya dicho: haré un Coloso de Rodas a palabras.

Hombre sonriente de días grises porque vio una tonalidad en aquel ladrillo del muro viejo, en la calle de ese día de siempre. Mientras unas frases cruzan la acera, los transeúntes recorren la hoja, escribir es como caminar: el error es estilo y la torpeza puede ser sexy.

Porque escribir puede ser: expresarse con algo que parece decirse, pero no necesariamente un decir, tampoco la gran cosa: basta con tener algo de ganas, de pestañas quemadas, de sangre sufrida, de obsesiones prolongadas, de repeticiones que buscan descontinuarse, callos en los dedos y pequeña pizca de talento. También son necesarias otras acumulaciones: palabras, derrotas, papeles, frustraciones, libros, terquedades, tinta, risa, lectores, amores, días, personas, voces… tiempo y tiempo.

Esas diversas connotaciones, tal vez dirán o tal vez no, lo que importa es volver el mundo más complejo como se desee. Por lo menos, el resultado será una escritura: acción y  efecto de escribir.

Hace unos días alguien decía: ¡Escribo en la mente! Lo escribiré cuando lo tenga.

Y otro contestaba: – Como no. Cuando tenga alientos trotaré. Dibujaré sin dibujar. Le diré a los fantasmas barran la mugre por mí-.

Sin más etiquetas: escribir es una acción. El resultado parcial de un tropiezo registrado.

Que siempre se vence, pero deja algo,

algunos huesos.

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